Gestionando el estrés: el dilema de la víctima atada a la vía del tren cuando se acerca un mercancías

Trabajé durante muchos años en puestos que conllevaban mucho estrés, lo que obviamente me afectaba de gran manera. Por entonces encontré por casualidad (Google no era ni siquiera una idea, y las cosas se encontraban por casualidad) la conocida oración “Dios dame paciencia para soportar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo y sabiduría para diferenciar las que puedo cambiar de las que no“. Algo ayudaba, pero todavía seguía sin disponer de un método que me permitiese saber fácilmente si podía o no cambiar las cosas, que no puede decirse que en esto de la paciencia, el valor y la sabiduría Dios se esforzase especialmente conmigo.

Finalmente me construí un escenario que me ayudó a controlar el momento en el cual debía estresarme, y aquél en el que ya no era necesario. Lo cuento aquí a petición de un amigo (bastante cansino al respecto, que todo hay que decirlo).


Imaginemos un entorno parecido a estos desiertos americanos con altos montículos, un profundo valle por el que corre una vía de tren paralela a un escuálido río. En este escenario hay tres personajes: un observador en lo alto de uno de los montículos, el maquinista de un mercancías que circula por la vía, y una persona atada a los raíles y fuera todavía de la vista del conductor del tren. Dentro de este escenario, cabe distinguir tres roles distintos:

El observador: Este individuo está demasiado lejos de la escena para actuar directamente, pero cuando se dé cuenta de que el mercancías va a pasar por encima de la persona cautiva debe cargarse de tensión y hacer cuanto esté en sus manos – gritar, hacer señales de humo, llamar por teléfono, … – hasta advertir al maquinista. 
Pero una vez avisado el conductor, nada queda por hacer. Puede sentarse y ver el espectáculo, o darse la vuelta y marcharse. En nada cambiará el resultado.
Si desempeñas el rol de este personaje, el tiempo de estrés está circunscrito a una única acción limitada en el tiempo, tras la cual puedes seguir disfrutando del paisaje.

El maquinista: este hombre estará tranquilo y saboreando el paisaje hasta que reciba el aviso del observador, pero a partir de ese momento hay al menos una vida que depende de su actuación. Debe utilizar toda su capacidad para controlar el tren a tiempo de salvar a la víctima sujeta a las vías, porque toda la responsabilidad es suya desde ese instante.
En este rol, la persona se estresa desde un determinado momento que en absoluto depende de él, su tarea tiene un inicio y un final, cualquiera que este sea.

La víctima: pero cuando desempeñe el papel de la víctima, relájese y disfrute del paisaje hasta que pueda gozar de una sensación que sólo ocurre una vez en la vida. Estrés, ¡para qué!

La mayoría de las situaciones en las que nos vemos envueltos en la vida cotidiana, y especialmente en la profesional, encajan con alguno de estos tres supuestos. Identificarte con estos personajes circunscribe estrés, malestar, responsabilidad y culpa en su justa medida. 

De hecho, mi experiencia es que muchas veces, siendo víctimas sin posibilidad de elección, acabamos asumiendo las culpas y remordimientos y nos sentimos mal pensando en qué podríamos haber hecho diferente, cuando en realidad la respuesta más probable es “nada”. Esto ocurre con una indeseable frecuencia en una cultura acostumbrada a culpabilizar a las víctimas.

Así que si su jefe toma una decisión errónea, es usted un observador y debe avisarle, pero a partir de ahí la responsabilidad será de su jefe. Diviértase con las consecuencias de la mala decisión y anótelo para restregárselo cuando tenga ocasión.
Cuando le despidan de una empresa, no pierda el tiempo dándole vueltas a qué podría haber hecho para evitarlo, relájese y disfrute de las justificaciones y metáforas que suelen utilizar los malos responsables de recursos humanos (¡como si los humanos fuésemos recursos!).
Y si en estas últimas circunstancias es usted el director de recursos humanos, esfuércese en hacer bien su trabajo, trate al despedido con dignidad, no intente descargar frustraciones en quien no tiene culpa. Que no sería poco mérito.

Espero haber ayudado al publicar este pequeño truco personal que me ha sido de mucha utilidad, y ya saben: especialmente cuando sean víctimas, procuren relajarse y gozar de las vistas tanto como puedan.

Villarrobledo, enero 2013

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