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DEMOCRACIA Y HEDONISMO.

hedonismo

Según Olalla [1] (2015), el sistema democrático de la Antigua Grecia, cuyo precursor fue Solón, permitía participar a las personas consideradas como ciudadanas –para este texto no es necesaria la crítica de quienes poseían la ciudadanía- en el sistema político y proponer leyes para la ciudad. Las leyes llevaban el nombre de la persona que la había propuesto, y la misma tenía que asumir la responsabilidad de la iniciativa. Es decir, existía una completa corresponsabilidad a la hora de legislar.

Corresponsabilidad. Una palabra maravillosa. Su significado denotativo es responsabilidad compartida. Si quieres hacer algo mójate, no cedas tu responsabilidad a otra persona, compártela. Ten la iniciativa, desarrolla la creatividad necesaria para que salga adelante, rodéate de quien quieras y lleva tu idea a buen puerto. Pero ¿es posible la corresponsabilidad política y social en el contexto actual? Parece difícil. Renunciar a horas de ocio personal e individual tras la jornada laboral es complicado –teniendo en cuenta la importancia que se le da a las horas de descanso para el bienestar personal. Además, convertir las horas libres en horas de responsabilidad social puede ocasionar, para bien o para mal, desconexiones de tu círculo social y familiar. Puede que muchas veces no apetezca, al igual que la primera semana que te apuntas al gimnasio. Con lo bien que se está descansando después de una larga y agotadora jornada laboral. Qué pereza. Además ¿para qué? ¿Qué gano yo? ¿Qué hay de lo mío?

Yo, yo, yo. Quizá el yo no tiene tanto sentido en la sociedad como el nosotros y nosotras. A fin de cuentas somos seres sociales y en teoría deberíamos pensar la mayoría de las veces en un bien común. La búsqueda de mi bienestar no debería afectar a la consecución del tuyo. Pero es difícil. Sobre todo cuando la sociedad te educa desde la infancia en la competencia individual. Los chascarrillos de la gente que te rodea a lo largo de tu vida suelen ser del tipo tú mira por ti y al resto que le den y eso seguro que tampoco ayuda. Hasta un servidor lo habrá dicho en más de una ocasión. Es más, en muchas ocasiones soy bastante egoísta a nivel individual, al menos cuando tomo decisiones cotidianas. Una contradicción que intento gestionar como puedo.

Entonces, ¿hasta qué punto influye la educación competitiva y la ideología del tú mira por ti en la construcción diaria de nuestra sociedad? Veamos. Desde la Revolución Francesa el sistema democrático liberal implementado en Occidente es de carácter representativo, no directo. Las personas con derecho a voto delegamos en  representantes elegidos la toma de decisiones colectivas que terminará afectando, antes o después, a nuestro día a día y a nuestras relaciones con otras personas. Si se propone una ley que no te gusta puedes intentar echarla atrás cambiando el voto a otra opción política. ¿Alguien se ha preguntado por qué el sistema es así? Legitimarlo lo legitimamos. Pero ¿por qué? ¿Es el mejor de todos? Probablemente no mucha gente lo cuestiona, lo asume: democracia es votar cada cuatro años. Como en cualquier época histórica la mayoría de las personas van aceptando lo que viene del pasado por, probablemente, una cuestión de confort mental, de no salirse demasiado del rebaño. Libertad individual sí, sé raro, sé friki, sé hipster, sé punk, pero no te salgas demasiado del rebaño. Y sobre todo seas lo que seas, demuéstralo constantemente, hazte diferenciar y persigue la máxima: sé feliz hagas lo que hagas. Eso sí, no olvides que el límite de tu forma de ser –es decir, la capacidad de moldear y proyectar tu identidad- lo marca la ideología dominante.

¿Y cuál es esa ideología que nos domina? La que prima lo individual sobre lo social. La que afirma que la felicidad de la sociedad depende de que cada individuo la alcance por su propia cuenta -responsabilidad individual absoluta. Tú eres responsable de lo que a ti te ocurra, nadie más. Claro. El contexto social, familiar, cultural, económico no afecta absolutamente nada a la capacidad de decidir o a las decisiones que toman los individuos. Claro. Sálvese quien pueda. Y es en este momento cuando aparece mi gran amigo Epicuro. Según Olalla (2015), Epicuro llegó a Atenas para cumplir con sus obligaciones militares. Tras una batalla que terminó con el fin de la democracia ateniense, llegó el turno de una oligarquía local al servicio de los intereses del conquistador. Epicuro comenzó a estudiar a los viejos filósofos y montó una escuela donde se enseñaba a la gente a ser feliz, que se conseguía desde la moderación, la asunción del infortunio, la liberación de ambiciones perversas y las vanas esperanzas. Esta búsqueda de la felicidad la hicieron de espaldas a la ciudad, olvidando que un individuo, un ciudadano debe ser responsable de la historia de su ciudad. Surgió el concepto de ciudadano del mundo, que aplicado a nuestra época es el que promulgaba la publicidad de la cerveza San Miguel hace un par de veranos. Diversión sin límites y ausencia de responsabilidad política. Infantilismo. Es decir, en lugar de subvertir un sistema que era injusto y tratar de dejar el mundo mejor de lo que lo encontraron, estos innovadores filósofos prefirieron centrarse en su felicidad individual dentro de los límites que tiene el sistema. En el yo y no en el nosotros y nosotras. Surge el hedonismo. Esta forma de entender la vida conlleva, junto con otros factores, a una desafección política y social que condiciona el buen funcionamiento de la democracia. ¿Para qué participar en las decisiones colectivas de forma directa si yo puedo ser feliz de muchas otras formas? Dentro de cada sistema la felicidad existe, pero buscar la felicidad no es un acto revolucionario. Es, como en un capítulo de Futurama, mandar mierda al espacio exterior y cuando vuelva a caer al planeta que la gente del futuro se las arregle. El auténtico acto revolucionario consiste en localizar los problemas de un sistema e intentar darle, junto a otras personas, soluciones sostenibles.

La sociedad actual, coincidiendo con Lipovetsky [2] (1983), está fundamentada en un individualismo generalizado en el que la primacía por el subjetivismo –la propia forma de entender lo que nos rodea- y el hedonismo –creo que esto lo añado yo- dificulta la capacidad de establecer lazos más allá del establecimiento en pequeños grupos con los que se comparte una misma filosofía. La idea de un nosotros (la gente corriente) contra un ellos (la oligarquía) (Olalla [1], 2015) se destruye conforme el nosotros se va dividiendo en grupos pequeños cada vez más sectarios e inflexibles. Por lo tanto, un sistema económico que prima la libertad económica y la felicidad individual –ahora sí, que te jodan Epicuro- está destinado tristemente a la desafección de lo común, que ha estado conllevando –y que conllevará- al gobierno déspota de la oligarquía. Si tras varias generaciones no existe un cambio de conciencia hacia lo colectivo, se olvidará que existe lo colectivo al igual que se olvidaban conceptos y palabras en la distopía de Orwell, 1984. Una solución es seguir insistiendo en que las diferencias subjetivas no condicionan el hecho de que pertenezcas a un nosotros. Otra es hacer lo que el salvaje de Un mundo feliz. Y la otra es entremezclarte en esa triste sociedad sin salirte del rebaño, buscando una felicidad dentro de unos límites heredados de alguien que en algún momento de la historia se olvidó de que el todo es más que la suma individual de sus partes.

Bibliografía

[1] Olalla, P. (2015). Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual. Barcelona, España. Acantilado.

[2] Lipovetsky, G.(1983). La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. París, Francia. Anagrama.

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