4 de 10 – Construyendo electores: todo por el grupo

Una de las características del ser humano es el arraigo de nuestra sociabilidad, hasta el punto de necesitar la comunicación para sentir que pertenecemos a un grupo. No es casualidad que el peor castigo en las prisiones sea la celda de aislamiento. Supongo que visteis la película Náufrago protagonizada por Tom Hanks, y recordaréis que el protagonista personifica una pelota para no volverse loco en soledad:

Cuando en la India el sistema social de castas estaba en todo su esplendor[1], una de las mayores desgracias posibles era ser expulsado del jati – la casta – , no pertenecer a ningún grupo, ser un paria. Intentad imaginar lo que significa quedarte sin familia, ni cercana ni extensa, sin amigos, sin trabajo, sin apoyos sociales de ningún tipo. Ser un individuo totalmente aislado en una de las mayores comunidades del mundo. Porque a diferencia del sentido peyorativo del término casta, tan de moda, se trata de estructuras sociales con su propia organización y estatus, que lo engloba absolutamente todo en sociedad. Quien pierde su casta, no tiene nada, es un cadáver social que a duras penas existe para los demás.

En este artículo hablaré de la pertenencia al grupo, de cómo nos afecta. Mientras pasamos a hablar de ello, os pongo un ejemplo: la despedida del maestro de La lengua de las mariposas cuando marcha para ser fusilado, de cómo aquellos a quienes más ha ayudado se distancian de él con todas sus fuerzas para seguir perteneciendo al grupo de los supervivientes. Tratad de imaginar lo que debe pasar por la cabeza del maestro en ese momento.

Hacia 1967 Muzafer Sherif[2] realizó una serie de experimentos con grupos de niños elegidos al azar en campamentos. Descubrió que “no se requieren diferencias culturales, físicas o económicas para que surjan conflictos entre grupos, actitudes hostiles e imágenes estereotipadas de los miembros ajenos al grupo”.  Bastaba según sus observaciones establecer una relación de competición para reforzar la cohesión interna del grupo y rápidamente aparecían las descalificaciones y prejuicios mutuos que multiplican las posibilidades de fricción. Los grupos sólo cooperaban cuando se producía una situación que implicase necesariamente la colaboración entre todos para llevar a cabo tareas de primera y urgente necesidad. Sherif llamó a estos objetivos metas supraordenadas[3].

Otro psicólogo social, Henri Stajfel[4], demostró que ni siquiera es necesario forzar una situación de competición, basta con crear una situación de pertenencia[5] para que emergiesen mecanismos de discriminación que favorecen a los miembros del grupo propio en detrimento de los demás grupos. El simple hecho de pensar en términos de nosotros y ellos desarrolla la tendencia a favorecer a los míos  en contra de los otros. Stajfel encontró otra forma de romper esta dinámica cruzando las categorías de permanencia, de forma que con frecuencia los otros se convirtiesen en los míos debido a los cambios en las fronteras grupales.

Un ejemplo extremo de enfrentamiento entre grupos, con la creación acelerada de divisiones ellos contra nosotros, se produjo durante el experimento de la Prisión de Stanford[6]. En 1971 Philip Zimbardo y su equipo iniciaron un proyecto de investigación para el que reclutaron a estudiantes de la Universidad de Stanford al azar. La finalidad era colocar a los sujetos en posición de ejercer un rol – guardia o recluso – para estudiar los problemas encontrados en la Marina estadounidense y en las prisiones. La hipótesis de partida era que el personal se autoseleccionaba de acuerdo con sus tendencias, y de ahí los problemas de abusos y brutalidad.

Si recordáis el resultado del experimento, tuvo que ser suspendido al cabo de seis días porque se había ido totalmente de las manos de los investigadores: los roles habían dejado de serlo, y las instalaciones de la Universidad eran, a todos los efectos, una prisión brutal.

¿Cómo es posible que la dinámica de un grupo pueda cambiar las actitudes de sus integrantes por encima de sus valores personales? Veamos, aunque sólo sea superficialmente, alguno de los mecanismos que lo facilitan.

Categoría, estereotipo y prejuicio.

Hacia 1980 Tajfel publica su teoría de la identidad social que desarrolla a lo largo de la década. En su momento, suena revolucionario: los procesos psicosociales de comparación, categorización e identificación no son individuales, sino que nacen de las propiedades estructurales de la sociedad[7] y actúan conjuntamente.

Por su parte, los prejuicios sirven para crear categorías, en virtud de las cuales las personas evalúan y clasificación la realidad que les envuelve, simplificando de este modo esa realidad social para procesarla con mayor rapidez. Como ya he mencionado, las principales categorías sociales son nosotros y ellos, lo que es una parte fundamental de la generación de conflictos.

Actualmente, en nuestra sociedad la categorización es un acto fundamental hasta el punto de que ésta sea casi nuestra única forma de percibir el mundo, y sin embargo no todas las culturas lo han adoptado, no es un fenómeno universal. En la sociedad occidental la categorización ha aparecido como una forma de racionalización del tratamiento de la información, una economía de pensamiento.

Estereotipo y prejuicio

Estereotipo y prejuicio: ¿confiaríais en un diagnóstico del tipo de la derecha? ¿Os parece agresivo el de la izquierda?

Estoy seguro de que ya habéis deducido de lo anterior que los estereotipos – encasillamientos grupales, generalmente negativos – son una consecuencia directa de los procesos de categorización en un determinado momento histórico, y en una determinada estructura social. La estereotipación es un doble movimiento mediante el cual primero se asigna a la persona una categoría, y posteriormente se le atribuyen las características del estereotipo.  Si las cumple – por ejemplo un catalán tacaño –  se refuerza el estereotipo, cuando no las cumple – un catalán generoso – se considera al sujeto una excepción, o se le atribuyen intenciones no evidentes. En cualquier caso, el estereotipo se mantiene y los catalanes seguirán siendo percibidos como tacaños, todos ellos salvo alguno (gracias Mariano, por renovar el lenguaje, aunque sea a tu pesar).

El proceso de categorización tiene el valor instrumental de permitir ordenar, clasificar y simplificar la información del entorno, actuando como un sistema de orientación que define el lugar que ocupa cada individuo en la sociedad. Pero también tiene un valor ideológico, de control social, puesto que estructura la sociedad según los valores e intereses de los grupos dominantes: categorización y desigualdad van de la mano.

Identidad social.

El sentido de identidad social se entiende como la parte del autoconcepto que proviene del conocimiento de la pertenencia a determinados grupos sociales, junto con los significados valorativos y emocionales asociados a dichas pertenencias. La pertenencia a grupos constituye por tanto una parte del concepto que tenemos de nosotros mismos. Como preferimos tener un autoconcepto positivo en lugar de uno negativo – lo que Tajfel denomina la distintividad social positiva – es obvio que intentaremos pertenecer a grupos socialmente valorados. Para valorar al grupo, lo compararemos con otros utilizando un patrón o criterio predefinido, y si es preciso aplicaremos sesgos y estrategias que otorguen mayor valor al grupo al que ya pertenecemos – el endogrupo – discriminando los exogrupos: ellos, los malos/tontos/gilipollas/incompetentes, los externos a nosotros en definitiva, que somos los más mejores chupi-guay.

El proceso de comparación social permite ordenar el entorno en base a grupos de pertenencia y eventos para la acción, las intenciones o las actitudes del individuo. Los efectos de este proceso son la acentuación ilusoria de parecido entre las personas de la misma categoría y la creación de diferencias exageradas entre personas pertenecientes a diferentes categorías. Para una persona profundamente católica, por ejemplo, se acentuarán las similitudes con los miembros del Partido Popular – los políticos creyentes – mientras se atenúan las diferencias entre ellos y se exageran las características de otros grupos – por ejemplo, todos los socialistas son ateos, como exageración del laicismo ideológico. El resultado es que los pecados de los similares se difuminan y menguan hasta desaparecer por el rabillo del ojo, mientras que los pecadillos de los contrarios alcanzan el tamaño de un Godzilla hipertrofiado.

El poder del grupo.

Como anticipo a los sesgos que veremos más adelante, quisiera relatar un experimento realizado por Solomon Asch en 1951 para responder a la pregunta “¿Por qué en ocasiones no actuamos de acuerdo con nuestros propios valores y creencias más firmes?”.

En él se invitaba a un grupo de estudiantes a realizar una comparativa entre líneas de diferente longitud con respecto a una muestra determinada.

Gráficos del experimento de Asch

Gráficos del experimento de Asch: es posible convencer al participante ingenuo de que la línea de la izquierda es igual a A o B, si cree que manteniendo otra cosa quedará marginado del grupo.

De los estudiantes, uno era un sujeto ingenuo y el resto estaba compinchado con los experimentadores. El grupo de cómplices elegía un resultado absurdo en contra de toda evidencia, y lo defendía contra viento y marea. El resultado fue que en doce sesiones el 81% de los sujetos se plegó a la opinión de la mayoría, y el 58% lo hizo más de una vez pese a las muchas evidencias en contra de la opinión de los colaboradores.

El resultado, que contrarió profundamente a Asch, firme partidario hasta ese momento de la independencia de las decisiones individuales, demuestra que los demás constituyen con frecuencia la medida de nuestra percepción. Como enunció el propio Asch en 1952, cuando alguien se encuentra en medio de un grupo de personas no puede sentirse indiferente hacia el grupo.

Este factor explica la razón por la que en los comités suele producirse una enorme presión sobre cualquiera que tienda a apartarse del estereotipo, de las ilusiones de grupo y de la ficción compartida de las decisiones mayoritarias. Janis (1972) denominó a este efecto pensamiento grupal, que se explica por los esfuerzos del grupo para evitar el conflicto y mantener una unidad aparente.

Por su parte, Lewin investigó la forma en que se les daba instrucciones a madres primerizas en la maternidad de un hospital. Algunas madres recibieron individualmente las instrucciones, mientras que en el otro lo hacían en grupos de cinco o seis, y luego se les pedía que discutiesen los problemas entre ellas y el experto. El resultado fue que las decisiones tomadas en grupo fueron mucho más persuasivas.

A partir de esta experiencia se formularon las teorías de la consistencia, que enunciaban a la persona como un punto del espacio psicológico que sólo puede moverse en direcciones determinadas según cuales sean las fuerzas ambientales a las que está sometido, y este campo de fuerzas tiende al equilibrio: las fuerzas desestabilizantes tenderán a ser corregidas.

Concluyendo.

Percibimos a los demás, individuos y grupos, mediante unos mecanismos simplistas que conducen a la adjudicación de estereotipos y prejuicios derivados de las categorías sociales. Porque, consciente o inconscientemente, explícita o implícitamente, formamos parte de grupos con unos determinados valores que nos hacen ver a la sociedad en términos de nosotros y ellos, una premisa para el conflicto.

Sin embargo existen mecanismos que permiten reducir esta tendencia al enfrentamiento cuando colaboramos con los demás a título individual, cuando las fronteras de los grupos son flexibles, o grupalmente mediante la definición de objetivos que implican la cooperación necesaria de varios grupos y son percibidos como lo bastante importantes para que el ellos se convierta en un nosotros por ahora. En política, podríamos estar hablando de esa transición democrática de la que ya no se habla.

Categorización por estereotipos

La categorización por estereotipos: si no viste como nosotros en nuestra casa, es un intruso. Fijaos en la mirada del hasta ahora  rebelde de la liga de los sin corbata, y que de pronto se ha visto más unido a los con corbata de la izquierda (de la foto).

Una lección importante es que resulta inútil luchar contra las percepciones ajenas para adaptarlas a las nuestras, fuera de las dos situaciones indicadas. Deberíamos aspirar en cambio a entender cuáles son las posibilidades que una determinada sociedad, comunidad, cultura o grupo permiten para actuar desde ellas, haciendo propuestas de modificación que lleven al establecimiento de categorías compartidas. Mientras en la foto anterior los individuos se categoricen en estereotipos pertenecientes a grupos cerrados, con sus correspondientes prejuicios – el perroflauta de las rastas, o el corrupto de la casta – no habrá posibilidad de acercamiento. Necesitamos que se perciban como pertenecientes a la misma clase con un mismo objetivo: representar a la ciudadanía desde diferentes perspectivas.

El habitual optimista que asumo que en algún momento me leerá debe estar pensando “Bueno, pero la razón objetiva es la razón objetiva, y esa es la mía, así que tarde o temprano ellos también la verán y votarán como yo”. Pues no, no va a ocurrir porque en sociedad la percepción pura, objetiva, ni existe ni puede existir.

Y sin embargo, no quiero acabar este post sin recordar que un verso suelto en un largo poema puede trastocarlo por completo, tanto para bien como para mal. Hasta el próximo post en el que hablaré de sesgos y disonancia os dejo con este fragmento del Tambor de Hojalata en el que un niño con un juguete desbarata la parada militar nazi. Pero no os entusiasméis, recordad que es ficción.


Bibliografía

Bohannan, P. (1996). Para raros, nosotros. Introducción a la Antropología Cultural. Madrid: Akal.

Feliu Samuel-Lajeunesse, Joel. (2008). Influència, conformitat i obediència. Barcelona: UOC.

Ibáñez, Tomás. (2008). El cómo y el porqué de la Psicología Social. Barcelona: Editorial UOC.

Pujal i Llompart, Margot. (s.f.). La identitat (El Self). Barcelona: Editorial UOC.


[1] El sistema de castas fue abolido legalmente en 1947, sin embargo todavía hoy se produce una notable confusión entre la casta y el parentesco.

[2] Sherif, Muzafer. Group conflicto and cooperation. Londres. Editorial Routledge. Citado por Tomás Ibáñez.

[3] Siempre he sospechado que la Transición fue percibida como una meta supraordenada por todos los partidos políticos democráticos, lo que explicaría que un nivel de consenso como el de los Pactos de la Moncloa (1977) no se volverá a producir mientras siga existiendo una situación de competición.

[4] También citado por Tomás Ibáñez.

[5] Recientemente hemos tenido un ejemplo en política con la creación acelerada de Podemos. Recordemos ellos son la casta, nosotros la gente. Otro tanto por supuesto ocurre en los demás partidos, con frases del tipo nosotros los socialistas, la gente con sentido común, etc. Siempre como si en los demás grupos no hubiese preocupación social, gente, o sentido común. Todo vale para crear el ellos y nosotros.

[6] Para más información, podéis leer por ejemplo https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_la_c%C3%A1rcel_de_Stanford.

[7] Tanto la categorización como las estructuras de la sociedad se han mencionado ya en el artículo Cultura y Sociedad.

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