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Del feminismo y el sesgo del patriarcado

 No voy a engañar a nadie, apenas tengo datos que apoyen mi discurso y, por supuesto, no soy ni politóloga, ni antropóloga, ni socióloga, ni siquiera filósofa. Vamos, que no me dedico a estudiar por qué la gente hace lo que hace, o dice lo que dice, o piensa lo que dice pero luego no lo hace, en fin, un lío. No, yo soy un proyecto de filóloga (ni terminada la carrera tengo) e inglesa para más INRI.

Habrá quien crea que auto-desacreditarme no resulta precisamente óptimo para que se tome en serio lo que sea que tenga que decir, pero, tal vez, justo desde ahí, desde el reconocimiento de la ignorancia más absoluta, es desde donde puedo hacer mi mayor y mejor aportación pues, a pesar de no tener ni la más remota idea de cómo funciona la sociedad en la que vivo, soy parte de ella. Por tanto, sería absurdo de mi parte pretender hacer apología de mis ideas o intentar camuflar en modo alguno lo sesgos que pueda cometer y que, con toda probabilidad, cometo. Al contrario, no habría nada que me gustara más que  evidenciarlos. Ya se sabe (y si no se sabe lo digo yo): a falta de rigor, la honestidad es la mejor de las aliadas.

Como ya he dicho, formo parte de esta sociedad y lo hago como mujer. Ser mujer no supone un factor socialmente relevante ya que únicamente implica tener órganos femeninos (útero, vagina), en oposición con los hombres y sus órganos masculinos (pene, testículos). No puede decirse lo mismo sin embargo del género que se le atribuye a cada sexo. Así de las mujeres se espera que sean sumisas, pasivas, críticas, emocionales, etc; los hombres, por el contrario, adoptan un papel más activo, agresivo, rebelde, etc.

En este contexto el feminismo que aboga por la igualdad de derechos entre géneros ha aumentado progresivamente su presencia en la agenda sociocultural. Honestamente, no creo que nadie sea capaz de cuestionar esta premisa (ya sea por verdadera convicción o porque tardarías menos de un minuto en convertirte en un machista de manual), al menos no teóricamente, y no voy a empezar a hacerlo yo. Ahora bien, sobre la medida en que sea posible alcanzar una igualdad real, soy un pelín más escéptica. Me explico:

Vivimos en una sociedad patriarcal.

El patriarcado ha sido definido por la antropología como una forma de organización social en el que el poder ya sea político, económico, religioso o militar, es detentado en su mayoría o exclusivamente por hombres que, eso sí, gracias a su naturaleza metaestable se adapta a las distintas coyunturas sociales, históricas y económicas, pero no desaparece. Si todavía hay alguien que no reconozca esta estructura a su alrededor, que reflexione sobre algo tan obvio como la escasa presencia femenina en el ejército o sobre el hecho de que en EE.UU, primera potencia mundial, esta será la primera vez, si se cumplen los pronósticos, que una mujer alcance la presidencia del gobierno.

Seguramente alguien me rebatirá y, puede que no sin razón, que precisamente para luchar contra esa clase de desigualdad nació el feminismo pero, si recordamos el capítulo dedicado a los sesgos cognitivos, me permito citar  somos mucho más influenciables por las interacciones sociales, y sobre todo por la pertenencia a grupos y culturas, de lo que suponemos. Lo que, a mi modo de ver, se traduce en que nuestro hipotético discurso feminista solo  resultará efectivo en las situaciones en las que sea fácil para la sociedad identificarnos como portadores de dicho discurso. Pongo un ejemplo: se nos señalará como feministas sin ningún tipo de duda si aparecemos en la primera línea de las manifestaciones a favor de un salario igual, o de la conciliación laboral, o si cuelgas en tu perfil social alguna clase de material proabortista; pero, probablemente, esta faceta tan marcada en los anteriores casos se difumine hasta, en ocasiones, desaparecer cuando pasamos a considerarnos trabajadores, padres/ madres, hijos/hijas, maridos/mujeres, alumnos/alumnas, … Es decir, momentos en los que nos dejamos llevar por nuestra experiencia previa (mi madre se hacía cargo de sus hijos mientras mi padre descansaba, mi madre cocinaba, se le hace caso al jefe que para eso paga), vamos, por el Sistema 1 que diría Kahneman para la resolución de conflictos.

Además, recordaré que el feminismo habla de igualdad de derechos, sí, pero una igualdad de derechos que se daría dentro de esa sociedad patriarcal de la que venimos hablando, una sociedad en la que es el hombre y su género quien determina los objetivos a conseguir.

Concluyendo

Las proclamas del feminismo, a priori tan sensatas, no dejan de estar tan sesgadas como lo está la sociedad pues en ella se basa y de ella se nutre. Y nosotros, siempre tan obedientes, nos limitamos a hacer lo que haríamos con cualquier otra ideología: seguir sus principios sin dudar. Porque dudar, en mi caso como mujer, significaría no sólo rechazar la protección de ese dogma que se erige como el único que velará por mis derechos, con lo que me convertiría en detractora y no merecedora de la empatía de mis congéneres, sino que además supondría poner en solfa los principios de la sociedad que ha guiado todo mi desarrollo como ser social.

Sin embargo, si no reconocemos la piedra angular sobre la que gira la sociedad, y si no reconocemos que cualquier fundamento o aparente evolución aparecerá sesgado para servir a los propios intereses del sistema, no habrá posibilidad real de cambio, ni en la condición de la mujer ni en ningún otro asunto.

ana-c-simon

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Un comentario en “Del feminismo y el sesgo del patriarcado

  1. Hoy leía a Enrique Krauze en El País (El narcisismo de Podemos1) y me estaba preguntando si no existe un cierto paralelismo con el planteamiento en este artículo respecto del feminismo.
    Es decir, lo que plantea Krauze – populismo tomado de Laclau2, sustitución de unas élites financieras por otras universitarias, latinoamericanización de Europa, etc. – coincide ciertamente con lo dicho por Pablo Iglesias3 e Íñigo Errejón4 en este y otros artículos.
    Sin embargo, si rechazamos a Podemos como partido representante de las clases desfavorecidas, ¿qué o quién nos queda? ¿Nos resignamos al regreso al bipartidismo o buscamos nuevas vías transformadoras? ¿Es posible adaptar el partido viejo del PSOE al siglo XXI, o habrá que esperar otros cien años para ello?

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