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EL TRUMPAZO, LA DESPOLITIZACIÓN Y EL PROBLEMA DEL LIBERALISMO EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

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            No han tardado mucho los usuarios de Twitter en España en adjetivar lo sucedido en Estados Unidos. Con el hashtag #TRUMPazo se pretende simplificar de forma satírica los resultados electorales de la noche pasada. Trump, un multimillonario al que el adjetivo peculiar parece quedársele corto, es presidente del país de las libertades. En España lo sucedido parece haber pillado a todo el mundo por sorpresa. Se preguntan: pero, ¿cómo un gilipollas racista y machista puede haber ganado las elecciones en Estados Unidos? 

            Este análisis no pretende descomponer los porcentajes de voto por los diferentes estados americanos, ni analizar la estructura generacional y étnica del votante a Trump –eso se lo dejo a los expertos en lecturas del voto-. El análisis que se presenta intenta poner el acento en otras cuestiones que invitan a pensar en por qué hemos llegado hasta aquí. La realidad material impuesta por las leyes internacionales de libre mercado en la era de la globalización es, bajo mi punto de vista, el origen de la cadena causal que nos ha traído hasta aquí. Produce desigualdad y desencanto.

            El poder del dinero y el estatus asociado a él estructuran las relaciones sociales en la mayoría de países desarrollados. Cito un símil típico de película americana de los 90, el mundo es como un mar plagado de tiburones, en el que los pececillos como nosotros tienen que pelearse para no ser comidos por los asesinos del mar, atacad a otros pececillos, o incluso devorarlos: o comes o te comen. ¿A quién? A tus compañeros de viaje, al tiburón déjalo estar. Idiotas, vuestros problemas son los tiburones, no los peces como tú. Piensa en ti, piensa por y para ti, el famoso yo gritado en silencio por todo lo que nos rodea.

            Por otro lado, a la vez que nos deslomamos –en mayor o menor medida- para ganar el parné y el estatus que ofrece –o al menos sobrevivir-, el mismo sistema presenta que la búsqueda de la felicidad, motivo de canciones, libros y películas empalagosas, se consigue mediante la búsqueda de aspectos intangibles y abstractos de nuestra vida en el día a día. Y dijo el rey que el dinero no da la felicidad, que yo digo que es una sensación tan parecida sonaba la canción rumbera del disco pirata de mi hermana en el radiocasete.

            Mientras nos adormilábamos disfrutando de los beneficios de nacer por encima del trópico de cáncer, las rentas de capital hacían juego sucio en las instituciones, consiguiendo que cada vez la brecha de desigualdad entre los que más y los que menos tienen sea mayor. Sorpresa: crisis. Y gorda. Pero gorda, gorda. Una recesión que sigue acechando al planeta desde la caída de Lehman Brothers en 2008. Una crisis que antes de existir era Dorian Grey camelándose a jovencitas ante los ojos de la gente, y un muerto viviente podrido por sus propios vicios cuando se mira en su retrato.

            Una sociedad que dormía en los laureles completamente despolitizada asumía lo que venía sin rechistar, puesto que nada le afectaba. Hasta que lo hizo. Salió a la luz la debilidad de los gobiernos para solventar una crisis estructural que empezó a dirigirse hacia una crisis de régimen: los ciudadanos comenzaron a perder la confianza en la política tradicional. Los movimientos sociales empezaron a crecer con fuerza en diferentes países, ganando espacio en la comunidad y emulando un os lo dijimos de diccionario. Pero no ha sido suficiente. Las instituciones por su parte no han sido capaces de resolver por la vía de la tecnocracia los problemas comunes de la mayoría de sus ciudadanos, apenas aliviarlos.

            Y es entonces cuando los ciudadanos empiezan a odiar terminología precisa, casi científica, fórmulas y conceptos que según la teoría de alguien que ya murió hace medio siglo pondrá solución a sus problemas. Un ejemplo que me invento: la solución es una política estabilizadora del gasto que pretende poner énfasis en los sectores estratégicos para así aliviar la carga fiscal de los mismos, lo que produciría un aumento de la inversión mejorando la capacidad económica de las empresas que derivará, ceteris paribus, en una correlación positiva de crecimiento y empleo. ¿A quién le importa eso? Sí, sé que hay gente a la que le interesa mucho. Pero seamos realistas, la gente a la que le importa eso es proporcional, a razón unitaria, a la misma que ve los documentales de la 2.

            La gente que ha perdido todo o casi todo quiere políticos que hablen en su idioma, en un lenguaje coloquial rozando a veces lo vulgar porque así es como se expresa la mayoría en su día a día. Que ofrezcan soluciones que ellos consideran prioritarias para resolver sus problemas. Olvídate del contenido, céntrate en el mensaje. Ocúpate de atraer la esperanza, no el conocimiento. Enter the populismo.

            En estas situaciones se pueden producir dos tipos de populismos: uno progresista –el bueno- y uno fascista –el malo-. Uno que dice que la solución a nuestros problemas es que vivimos en un sistema completamente desigual y otro que te dice que tus problemas los ocasiona tu vecino morenito –sí, ése que te quita el trabajo-. Uno que dice que la solución pasa por hacer más transparentes y democráticas las instituciones, y otro que dice que la solución pasa por dejar la geografía árabe solamente útil para poner huertos. Uno que dice que la solución pasa por proteger los servicios públicos y otro que dice que para servicios públicos su pirulo. A fin de cuentas, uno es humanista y otro apenas humano.

            Ahora bien, para terminar, si la realidad material impuesta hace que seamos individualistas y temerosos –cuidado, un pez viene a por mí-, ¿qué populismo tiene más probabilidad de hacerse con el poder? Lo preocupante no solo es que Trump gane, es lo que puede ocasionar en el ánimo internacional el triunfo de mensajes como el suyo.

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2 comentarios en “EL TRUMPAZO, LA DESPOLITIZACIÓN Y EL PROBLEMA DEL LIBERALISMO EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

  1. Roberto, aplaudo tu post casi por entero. Y digo casi, porque hay algo que no acabo de entender. Del recetario de P.Baladring:

    Tómese un abanico de grupos y grupúsculos que pudieran tener un objetivo común. Póngase toda la mezcla en un entorno social compartido, bátase bien con un líder carismático, exaltado ma non troppo, y hecho a los debates televisivos y mítines de escaso nivel de intercambio intelectual y alto volumen sónico. Alíñese con mensajes simples hasta la simpleza, ajustados a las apariencias superficiales e irreflexivas, ponga en la arena política una gotas de adulación a las creencias populares, dos cucharadas de caricaturas ideológicas, y caliéntese con arengas vivas.
    Una vez agitada la masa, sírvase acompañado de discursos diferenciadores de la marca nosotros contra ellos, o también de la afamada casa nosotros buenos, ellos malos malísimos, que podrá encontrar en cualquier parlamento.

    Teniendo esto en cuenta, me cuesta creer que haya populismos buenos. Si acaso populismos útiles para alcanzar el poder y mantenello cuando lo cocinan líderes morales de reconocida honradez (de los cuales hay necesariamente muy pocos, porque tal cualidad contradice los requisitos para alcanzar el liderazgo).

    Por tanto, ¿podrías por favor señalarme la verificación empírica de la existencia de populismos buenos? ¿Algún ejemplo de populismo bueno que haya pasado a la historia sin corromperse?

    Gracias.

    NB: para una definición más académica de populismo sugiero consultar mi artículo Construyendo electores: la ideologías.

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  2. Apreciado Roberto, con su permiso diríale que le busca vuesa merced los cinco pies a la gata. Probablemente la razón del voto a Trump haya sido el exceso de solteros, onanistas, y otras gentes de solitario vivir. O quizás que el exceso de armas proliferantes frena la expresión libre de las ideas en el entorno conyugal, quién sabe.
    por si acaso inserto aquí para su reflexión (la de usted, obviamente) un documental que puede darle un motivo adicional de reflexión:

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