El mítico Club de la Estupidez Humana: concluyendo

En el primer capítulo de esta serie definí lo que considero un Club mítico: el de la Estupidez Humana. Es un Club porque admite miembros e impone reglas, es mítico porque todas las instituciones niegan su existencia, desde el propio Club hasta la Iglesia, pasando por la escuela, la familia, el estado, …

En el segundo capítulo expliqué cómo recluta a sus miembros el Club desde la más tierna infancia. Lo hace con el mismo fin que las religiones aceptadas socialmente, sin voluntariedad alguna por parte del recién llegado: basta con asegurar que éste construye su mundo incluyendo el entorno que interesa. Si la familia es miembro del Club de la Estupidez Humana, es altamente probable que sus hijos también lo sean, entre otras cosas porque habrán incorporado las normas y valores del Club sin crítica alguna durante sus primeros años en sociedad. Lo mismo que podríamos decir de las religiones institucionalizadas.

Corresponde ahora situar la actividad del Club en nuestra sociedad actual, donde el poder se ejerce mediante redes y las relaciones vienen condicionadas por eso llamado redes sociales.  Si bien todo ello ha existido desde que existen sociedades, nunca había sido tan rápido e intenso, y sobre todo: nunca había ocurrido con dosis tan altas de colaboración de los propios sujetos.

Sobre la influencia de la Sociedad Red en el control de las actividades de sus súbditos habría mucho, pero mucho, que hablar. No es posible dar aquí una visión amplia, me limitaré por tanto al ámbito socializador. Lo suficiente para comprender qué ha ocurrido con las imágenes del antes y el después de la foto de cabecera, y con ello dar por concluida la serie.

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El mítico Club de la Estupidez Humana: desde la más tierna infancia

En el capítulo inicial, busqué una definición apropiada para el colectivo de la estupidez humana, estudiado desde el punto de vista sociológico. Lo recuerdo:

La estupidez humana, como característica específica de nuestra civilización en grado y forma, es un fenómeno dóxico y ahistórico, que favorece el continuismo social y previene el cambio. Utiliza para este fin mecanismos que requieren de esfuerzos nulos, o casi, en la toma de decisiones de los individuos, mientras ocultan la adscripción al grupo, tanto a sus propios miembros, como al resto de la sociedad.

Recalqué que se trataba de una característica transversal a toda la sociedad, y sobre todo que no se debe confundir al Club de la Estupidez Humana con sus miembros. Ahora bien, reclutarlos no es fácil. El Club debe comportarse como una iglesia, a la que se pertenece por nacimiento y de forma involuntaria, y no como una secta que requiera voluntariedad en el acceso. La razón es su ahistoricidad: ¿cómo podría reclutar voluntarios adultos una secta que niega su propia existencia? Sencillo, desde pequeñitos, de forma natural, sin llamar la atención.

Para conseguirlo debe infiltrar sus contenidos y continentes de socialización en las instituciones, en todas ellas. Parafraseando a Castells[1] (2003, pág. 223) “Para que se ejerza esta autoridad, el Club de la Estupidez Humana debe dominar toda la organización de la sociedad”.

Sólo así será posible contar con una mayoría de miembros que asuman el mandato del Club con el ciego, pero racional, entusiasmo del sargento Arensivia (Juan Echanove) en la película de la que he tomado la foto de portada. Y por supuesto el Club, representado aquí por el General Huete (José Sazatornil), así lo premiará. Eso sí, por debajo del tablero y a oscuras.

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El mítico Club de la Estupidez Humana: una definición

Hace tiempo que sospecho que la tan traída y (mal) reída estupidez humana es un mito inculcado desde el poder para su conveniencia, pero nunca encontré el tiempo para desarrollar mi hipótesis.

Es probable que tras la frase anterior alguien me haya calificado ya – espero que sólo mentalmente, o estará hablando solo – de estúpido. También habrá quien se haya sorprendido de la palabra “mítico”, porque es de conocimiento común que los estúpidos son seres reales y no míticos (excepto, quizás, si se tratase de un unicornio estúpido).

A este respecto hago notar que estoy hablando de la estupidez como categoría, y no de individualidades. Sería como confundir la homosexualidad – que como categoría existe desde los disturbios de Stonewall en 1969 – con la relación sexual entre personas del mismo sexo, que data del inicio de los tiempos. O asumir que el concepto de locura aplica sólo a enfermos mentales, que tampoco sería cierto. En resumen, no confundamos al Club de la Estupidez Humana con sus miembros.

Por otra parte, no cabe englobar a todos los individuos estúpidos en la categoría de estupidez humana. Habría que descartar a quienes sufren de algún tipo de limitación intelectual, y por tanto caerían en el ámbito médico. También descarto a quienes etiquetamos gratuitamente de estúpidos por no querer aceptar que nosotros siempre tenemos razón.

No, yo me refiero a aquellas personas que, disponiendo de una capacidad intelectual en, o por encima, de la norma, llegan a conclusiones estrafalarias de forma aparentemente racional, o viceversa. De estas personas, yo afirmo que son el resultado de un proceso de intencionada y exitosa socialización. La clase de personas que forman mayorías hegemónicas de conocimiento, porque siendo más que los desviados sociales que piensan por su cuenta, siempre conseguirán obtener amplias parcelas de poder.

Y si quienes formamos parte de alguna minoría desviada nos reímos de los estúpidos, entonces sólo estaremos siendo víctimas de una trampa cognitiva. Porque somos demasiado estúpidos para darnos cuenta de que nos estamos tomando a guasa a quienes ejercen el poder sobre nosotros, para su solaz.

Si queréis saber cómo se eleva la estupidez al nivel de norma, seguid leyendo. Y no os preocupéis si en algún momento llegáis a sentiros estúpidos, porque no será cierto: recordad que ningún estúpido se ha preocupado jamás por serlo.

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El desequilibrio de género en la investigación científica

En un estudio de sociología se nos pidió analizar una política de equidad para mujeres investigadoras científicas de la Generalitat de Catalunya. En sí la política carecía de relevancia, pero al iniciar la recopilación documental empezaron a aparecer rasgos de discriminación por género que no desmerecen en absoluto de los que podemos encontrar en cualquier otra área. 

Por ejemplo, sólo dos mujeres han recibido el nobel de Física desde 1901, y ambas lo compartieron con un hombre. La medalla Fields, el equivalente al Nobel de matemáticas, sólo ha sido otorgado a una mujer desde su institución en 1936, y ocurrió en la última edición de 2014.

Pero no se trata tan solo de la actividad investigadora per se. Según el barómetro de la Obra Social de La Caixa, en 2013 sólo un 21% de las personas que alcanzan una cátedra universitaria o el estatus de profesor emérito, son mujeres. No parece una deficiencia que quepa limitar en el espacio, el tiempo o un ámbito del saber, sino en un paradigma patriarcal globalizado.

La igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres a examenDentro de la propia profesión científica se minimiza el problema: mayorías significativas opinan que la equidad se alcanzará con el tiempo, que el acceso a cargos de responsabilidad es una simple cuestión de esfuerzo, que la ciencia no discrimina… Incluso una mayoría de mujeres participa de este consenso, sin base objetiva. Existe un sesgo heurístico, invisible y marginado de la Historia, que favorece estas perspectivas dóxicas, ese sentido común del discurso hegemónico, compuesto de ideologías y consensos que ya nadie cuestiona.

Desde el atomizado sistema político de decisiones se ejercen acciones incentivadoras que, además de su condición de asistémicas, tienden a enfocar los síntomas sin profundizar en las raíces sociológicas del problema.

Si en uno de los estratos más altos del pensamiento humano se producen estos sesgos, ¿cómo esperar una solución en los más bajos?

El objetivo de este artículo es analizar críticamente la situación de las mujeres en la ciencia, y describir el contexto en el que se desarrolla la desigualdad. Enfocaré el tema del desequilibrio de género en la ciencia desde una perspectiva de relaciones de poder, dentro del actual modelo global de sociedad red. El objetivo final de este trabajo es, partiendo de la identificación del problema sociológico, localizar las potenciales opciones igualadoras al alcance del colectivo discriminado.

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Construyendo independentistas: el Prusés

En 2014 escribí un artículo titulado Cataluña y España: ¿son ellos, somos nosotros, o son los de siempre? Bueno, pues son los de siempre, nuestros inefables pirómanos españolísimos, a punto de chocar con la obcecación de los líderes cerriles de un Prusés descarrilado.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta no es sencilla si no enfocamos el fenómeno independentista como lo que es, un proceso (en eso tienen razón) dinámico, que nace en 2006. Pero no se trata sólo de un fenómeno producido por intereses espurios (adjetivo que la RAE traduce por falsos y bastardos), que los hay, también hay un importante trasfondo irracional. Es necesario comprender el papel que juegan las ideologías, cargadas de creencias, y los sentimientos colectivos. Por esta razón incluyo dos relatos, uno es un mero repaso de hechos ocurridos en la década que empezó en 2005, el segundo un relato de emociones vividas desde la catalanidad. Es el otro punto de vista, ese que rara vez se escucha fuera de Cataluña.

Como decía, hay que retroceder a 2006, cuando el jefe de los pirómanos se jactaba de haber recogido 4.020.000 firmas en contra del Estatuto de Catalunya con una pregunta tramposa:

Recogida de firmas del PP contra el Estatut de 2006

Leed atentamente la pregunta. No se menciona el Estatuto catalán, y es difícil negarse al planteamiento de la pregunta. Así se entiende que más de 4 millones de españoles firmaran.  Recientemente el ex-ministro Margallo ha reconocido que tanto el recurso al Constitucional como la recogida de firmas fueron un error. No se espera que Rajoy reconozca nada.

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