Así somos: comunicando para convencer

Si estás leyendo este artículo, sabes enviar correos electrónicos, mensajes, chats… ¿Pero sabes comunicar? La respuesta inmediata es que sí, pero no siempre acabas comunicando aquello que deseabas y das pie a malentendidos. En mi anterior oficio lo que no se decía es lo que más información proporcionaba. Los correos electrónicos eran una valiosa fuente de información que indicaba la capacidad de planificación del emisor – fondos blancos o de colorines, espaciados cómodos, el tipo de letra,… – pero sobre todo descubría cuanto le importaba mi opinión: ¿ha releído el escrito, o hay fallos de tipografía y gramática? ¿Saluda y se despide? ¿Incluye una firma con datos de contacto más personales? ¿Menciona en copia a personas de referencia? ¿Se ha molestado en comprobar que entiendo el mensaje, o ha simplificado tanto que suena confuso, ambiguo, o incluso críptico? ¿Aporta alternativas en caso de que el tema del mensaje pueda resultarme incómodo?

Por mi formación no soy un experto, pero la experiencia me ha permitido aprender que en cualquier intento de comunicación hay más información transmitida de la que probablemente pretenden quienes conversan. Como ahora vienen tiempos convulsos en el entorno político-social – en septiembre las elecciones plebiscitarias catalanas, seguidas por las generales españolas, o viceversa – creo que mi aportación puede ser de ayuda para entender lo que subyace al mensaje en la comunicación interpersonal. Del propio contenido del mensaje, me temo que eso ya depende de vuestra formación y espíritu crítico.

Para hacer boca, un ejemplo de comunicación persuasiva ofrecido por Roberto Benigni.

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Así somos: la banalidad del mal

En 1961, la filósofa y teórica política alemana de origen judío Hannah Arendt asistió al juicio al dirigente nacional-socialista  Adolf Eichmann como enviada del New Yorker, y escribió sobre la banalidad del mal: cómo un hombre vulgar, gris, un burócrata, pudo causar tanto dolor. Para entender la visión de Hannah Arendt, recomiendo este breve fragmento de película:

Pero no hace falta remontarse a la segunda guerra mundial, ni viajar a otros continentes, para buscar ejemplos. Quienes tenemos una cierta edad podemos recordar la masacre de Srebrenica de la que se cumple en estos días veinte años, o las violaciones masivas de mujeres en Bosnia bajo la mirada impertérrita de la Unión Europea.

En realidad ni siquiera es necesario que se aplique la violencia directa, ahí tenemos a los estilizados mandatarios financieros de la comunidad internacional desangrando países sin inmutarse: ahora el foco está en Grecia, como pocos años atrás estuvo en Argentina.

Citaré brevemente los trabajos de personas como la mencionada Hannah Arendt, Haritos-Fatouros, Milgram, y Bauman para explicar cómo puede el mal ser interiorizado por una sociedad en un momento dado de su historia, hasta formar parte de su moral (recordad el concepto de riesgo moral aplicado por la Eurozona).

Os advierto que este artículo no es divertido, porque obliga a replantear el concepto que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo es de todo punto necesario conocer para entender y actuar.

Adelante pues con la lectura si queréis saber. Si en cambio preferís ignorar, cerrad los ojos y pasad a otra cosa más superficial, pero antes recordad que quien ignora la historia está condenado a repetirla.

Allá vamos.

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Así somos: los malos samaritanos

Estoy seguro de que en ocasiones habéis contemplado las acciones de una pandilla, o escuchado las palabras de alguien, y os habéis sorprendido, o incluso escandalizado, porque chocan violentamente con las normas sociales tal y como las entendemos. Por ejemplo cuando pensáis en la inhibición de los testigos de una agresión que no reaccionaron hasta que ésta acabó, o en quienes vivieron en una dictadura y nada hicieron para para ayudar a las víctimas de turno.

Existe una rama de estudio del comportamiento humano muy interesante que intenta explicar estos fenómenos y predecir comportamientos, muchas veces contrarios a cualquier intuición que pudiésemos tener a priori: la psicología social. Encontraréis casi tantas definiciones como sicólogos, pero la que aquí nos interesa es aquella que entiende el mundo como una construcción social en un entorno histórico concreto, en la que no existen verdades absolutas, ni nuestras acciones están predeterminadas. Para situaros os recomiendo el cortometraje que adjunto, un tanto dramático para mi gusto pero más entretenido de lo habitual en el ámbito de las ciencias sociales.

En este artículo me centraré en el ejemplo que describía mi introducción: por qué no somos en general buenos samaritanos, o por qué el buen samaritano es la excepción.

Allá voy.

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